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viernes, 21 de julio de 2017

Armando Reverón II - Baez Finol y el psicoanálisis culturalista

                          (Autorretrato que registra cómo tiene puesto el silicio para pintar)

Hola amigos.
En esta oportunidad es un placer compartir con ustedes fragmentos de la conferencia que el Dr. Báez Finol, ofreció en el año 1955, en Caracas, luego de la muerte de Armando Reverón.
Estuvo inédita hasta el año 1981, cuando fue publicada por Francisco D´Antonio. Es un texto fundamental para aproximarse al período vivido por Armando Reverón en el sanatorio San Jorge de Caracas, Venezuela.
Pero también, representa un hallazgo para aproximarnos a la mirada culturalista en psiquiatría.


Tal como he compartido en otro trabajo, los culturalistas constituyeron una corriente de psicoanalistas que prestaron atención a la advertencia del antropólogo Edward Sapir respecto del carácter de las especulaciones antropológicas elaboradas por Freud, particularmente las que esbozó a partir del texto Tótem y Tabú en 1912.
Los culturalistas reconocieron la validez del método psicoanalítico, pero rechazaron de plano las teorías especulativas freudianas.
En cambio, aplicaron en profundidad el clásico método de inferencia clínica, descripto en el Corpus Hipocrático, a partir del cual la experiencia vital y concreta de cada paciente se constituye en la fuente de validación analítica.


Este grupo de médicos, que profundizó el me´tod hipocrático, pronto se dio cuenta que la "herida narcisista" del discurso freudiano profundizaba en gran manera la angustia de los pacientes agudos.
Pero por lo que vale la pena revisar este  abordaje particular es porque este grupo obtuvo gran éxito en psicoanalizar a psicóticos y conseguir la remisión de los síntomas, algo imposible según Freud.  



El siguiente informe nos permite observar cómo el Dr Baez Finol analizó la patología psiquiátrica de Reverón de una manera integral. Es decir, presumiendo sus antecedentes de encefalitis, y tratando de interpretar la conducta adaptativa  del “Universo reveroniano” para comprender el mundo que el paciente había construido.
Además, el registro objetivo del mundo propio del paciente le permitió desde la clínica observar cómo tal universo se disipaba con la remisión de las crisis psicóticas.
Me tomé la libertad de subrayar en negrita las frases que pueden ofrecernos pistas sobre este tipo de psicoanálisis, que respeta al paciente, procura no hacerle daño, y en cambio, ofrece soporte psíquico mediante establecer una relación terapéutica con el paciente, con el firme propósito de contener su angustia y contribuir a la superar las crisis.

El éxito obtenido mediante este abordaje psicoanalítico, ampliamente documentado, introduce la reflexión sobre la enorme medicalización de los problemas mentales en la actualidad., y cuestiona el carácter irreversible de las categorías psiquiátricas descritas en el DSMS.
El modo en que tal manual resulta funcional a la rentabilidad empresaria (compañías farmacéuticas, manicomios, y amigos de lo ajeno) es un tema que excede el tema de esta serie sobre Reverón.

Espero sinceramente que disfruten del informe.





Conferencia del Dr. José A. Báez Finol,1955

Dice Erasmo de Rotterdam en su libro El elogio de la locura, que Homero, para ensalzar a Telémaco, lo llama frecuentemente “atolondrado” y que los poetas griegos, en sus tragedias, daban a menudo este epíteto a niños y a jóvenes, considerándolo de buen augurio; tal parece haber sido el caso de nuestro Armando Reverón (a quien) alguien le dijera algo semejante y al referírselo él a uno de sus maestros, este le replicara: “Te felicito, Armando, porque te sacaron del montón”. Y en efecto aquel feliz augurio se vio completamente realizado, cuando a través de los años Armando Reverón fue destacándose hasta convertirse en un genial representante de nuestra pintura.
De manera, pues, que lejos de lesionar su personalidad haciendo un bosquejo a vuelo de pájaro del proceso de su enfermedad, lo que pretendemos es hacer conocer una parte interesante de la vida del artista. Hombre interesante este Armando Reverón, y si recordamos lo que dijo López Ibor: “En todo hombre interesante hay algo de dinamita”, este pensamiento se concreta en Reverón, pues ha sido un auténtico revolucionario de nuestra pintura.

Conocemos en la literatura una lista de grandes hombres mentalmente enfermos. Se discute todavía hablando del estado mental de Van Gogh, si era un epiléptico o un esquizofrénico, pero es lo cierto que la actividad más intensa de su vida parece haber sido la de su mayor productividad psicótica. Todos estos ejemplos ponen directamente sobre el tapete la eterna discusión sobre Genio y Locura, dónde termina lo normal y empieza lo patológico.
En Reverón se daba el caso interesante de que cuando estaba psíquicamente perturbado, cuando su enfermedad mental hacía esas tremendas crisis agudas alucinatorias, su producción artística decrecía hasta llegar a hacerse completamente nula; cuando comenzaba nuevamente su recuperación mental recobraba paralelamente su extraordinaria sensibilidad plástica.
El deseo de trabajar en su arte era el signo más completo de su recuperación anímica y era un hecho cierto que de no sorprenderlo la muerte habría continuado creando nuevas obras para su propio deleite y de los admiradores de su arte. En ninguna de esas obras ni en las pintadas a raíz de su primera crisis mental aguda de 1945, ni en las producidas en su última hospitalización, se observa signo alguno de deterioro; todo lo contrario, hay un resurgimiento completo. En Reverón, lo artístico y anímico eran cosas que marchaban paralelamente.
Esto explica en gran parte que, en todas sus composiciones, apuntes y dibujos, no se advierta ningún rasgo de flaqueza espiritual, ningún signo donde podamos descubrir características de su estado de enfermedad mental. Ninguno de sus cuadros fue hecho o ejecutado en trances agudos semejantes y por esa razón no se advierte fenómeno alguno que pueda traducirnos en sus diferentes cuadros su locura.
Tal la eterna discusión sobre Genio y Locura, el deslinde preciso de dónde termina lo normal y empieza lo patológico.
Me parece difícil contestar ese problema y solo un examen cuidadoso de cada caso particular nos podría dar la respuesta definitiva.
En nuestro Armando Reverón encontramos el dato proporcionado por sus compañeros, que siempre poseyó una personalidad rara. Pero el hecho cierto que no admite ningún género de duda es el de que Reverón, como Van Gogh, padeció de perturbaciones mentales agudas que hicieron necesario un tratamiento intensivo.
Estableciendo comparaciones entre uno y otro artista, no podemos afirmar que la mayor productividad de Reverón coincidiera con sus etapas de mayor enfermedad psíquica, como sucedía en Van Gogh.
Reverón poseía, como el gran Leonardo da Vinci, la escritura en espejo, lo cual es considerado como una característica de los individuos zurdos. Esto tiene importancia para demostrar que los dos hemisferios cerebrales, aunque anatómicamente iguales, no son equivalentes y que en Reverón, debido a su izquierdismo primitivo, hecho después ambidextro por razones de educación, había un predominio del hemisferio derecho.

Cuando traté por primera vez a Armando Reverón en el año de 1945 tenía 56 años de edad.
Había ingresado a la clínica por dos razones importantes: la primera, porque desde hacía meses venía presentando trastornos de tipo mental agudo; y la segunda, porque se había descuidado en la pierna derecha una tremenda ulceración que lo incapacitaba totalmente para efectuar cualquier tipo de trabajo; incluso la movilización era sumamente dolorosa. Había permanecido dos días y dos noches en la Escuela de Artes Plásticas, aferrado a no dejarse ver por ningún médico ni a concurrir a ninguna clínica; sin embargo, merced a los esfuerzos de su amigo de siempre, Manuel Cabré, y de los hermanos Monsanto, Bernardo, Antonio, Edmundo, pudo Reverón ser ingresado al sanatorio; cargado por estos amigos llegó al sanatorio, ya que estaba imposibilitado para caminar. Su actitud era sociable y cordial hasta donde puede ser sociable y cordial un ser humano con la tremenda miasis que se había dejado nacer en el pie, dejando que las larvas proliferaran. Venía con una actividad motora considerable y, a pesar de la lesión que presentaba en la pierna, continuamente ejecutaba movimientos. Se mostraba exaltado, por momentos irritable y observaba una conducta absolutamente desordenada.

Su lenguaje era completamente incoherente y la asociación de ideas era tan desordenada que no se comprendía lo que hablaba.
Como una muestra de la charla deshilvanada y absurda del Reverón de aquella época, puede leerse en la historia lo siguiente:
(…) Todo por el centro, el doctor por en medio escribiendo y los enfermos por los lados preguntando qué desean”. (...) “He hecho dos cruces para demostrar cuatro y cuatro”. (...)
“Yo no sé por qué se cayó la cocina estaba acostumbrado del lado de acá; el cuadro de los Monteroles significa que están hechos de una cosa como si fuera el monte.
Se advierte fácilmente que las ideas no fluían de manera lógica y coherente, sino completamente bloqueadas unas de otras.
En sus reacciones emocionales se notaba un estado de ánimo agitado. Su actitud facial era la de un continuo de mímica.
Parcialmente desorientado en el tiempo, pues ignoraba la fecha y el día, pudo fácilmente decir que estaba recluido en una clínica pero que no veía ningún enfermo, a pesar de los varios que existían. Cuando se le preguntaba la razón que había tenido para descuidar tanto su lesión del pie hasta el punto de haber dejado que proliferaran incontables larvas, expresaba que era gran admirador de la naturaleza y que esas larvas también tenían derecho a vivir.

A pesar de su gran desorden psíquico, Reverón salió de la clínica tres meses después rejuvenecido y regresando a Macuto, a donde se dio por entero a su labor.
Era muy parco al hablar de asuntos familiares y cada vez que se le interrogaba se inhibía profundamente, y ese estado de inhibición relativa no lo abandonó ni siquiera en los últimos momentos de su vida.
No fue lactado por la madre sino por una nodriza. A los dos años fue llevado a Valencia.
El joven Reverón era sociable y juguetón en aquellos tiempos; con sus compañeros se bañaba en el Cabriales y con flejes de barriles macheteaba los peces dentro del río. Posiblemente esto lo llevó a contraer una fiebre tifoidea alrededor de los doce o catorce años de edad y desde entonces experimentó un cambio en su personalidad: se volvió retraído y le gustaba permanecer mucho tiempo en su casa; el médico y sus padres opinaron que no volviera al colegio porque el cerebro no andaba bien.
Haciendo una hipótesis retrospectiva, es muy probable que Reverón haya presentado una inflamación del cerebro y de sus envolturas, una verdadera encefalitis que contribuye a explicar la personalidad rara que lo acompañará después en el transcurso de su vida. Ya para esa época rasgaba pedazos de sábanas y en ellos pintaba casitas y paisajitos con agua de cola.
Es obvio decir que de esa primera estadía de Reverón en la clínica (1945) salió física y psíquicamente recuperado; regresó nuevamente a su pintura y produjo una gran cantidad de cuadros cuya calidad artística han podido admirar Uds. en la presente exposición
Reverón se negó a pintar en el sanatorio y tan solo conservamos un dibujo a lápiz-tinta que hiciera de mi persona. Se negó a pintar porque decía que él allí no había venido a pintar sino a curarse, pero ya de regreso al rancho de Macuto agarró de nuevo los pinceles con el entusiasmo de siempre.
En el enfermo mental común se observa generalmente una tendencia a dibujar y a pintar, y la interpretación es valiosa para la mejor comprensión del caso; en Armando Reverón sucedía lo diametralmente opuesto, pues al enfermar se colapsaba su pintura.
Cuando Reverón ingresa por segunda vez a la clínica el 23 de octubre de 1953, ya hacía tiempo que venía enfermo, aproximadamente desde noviembre de 1952. Vivía en un estado de completa dejadez y como poseía un carácter fuerte no permitía los cuidados de aseo más elementales.
Juanita, la paciente y consecuente esposa del artista, hacía lo que materialmente le era posible hacer, pero en realidad la situación de Reverón era lamentablemente dantesca. En esa época yo había sufrido un accidente desgraciado que me tenía inmovilizado en cama, pero una vez que pude agarrar mi maletín fui a visitarlo y lo encontré profundamente alucinado auditivamente: oía la voz de María Santísima y del Padre Eterno que le ordenaban a dónde debía dirigir sus pasos. En vista de esa situación y a ruego de Juanita, su amigo de siempre Manuel Cabré, su amigo y admirador Armando Planchart y yo, en una mañana soleada del mes de octubre de 1953, fuimos a buscarle.

Con una docilidad de la cual yo mismo quedé sorprendido, nos vinimos en el Cadillac, manejando Armando Planchart, Manuel Cabré adelante, y yo en la parte posterior del automóvil con Reverón. Verificaba ruidos con la boca y hacía esfuerzos para echar afuera esa molestia interior, lo cual no dejaba ciertamente de preocuparnos a los tres que veníamos acompañándolo. Ejecutaba movimientos laterales constantes con los miembros superiores y repetía de manera continua, ya hospitalizado: “Mientras yo tenga eso no puedo dormir con la señora”. La charla coherente por momentos se hacía completamente inconexa e incomprensible.

Para el día 23 de noviembre (luego de un mes de internación) encontramos que el cuadro mental se ha modificado favorablemente de manera considerable y estuvo cuatro días sin verificar los ruidos estertóreos y soplidos con la boca; se le ha visto más cuidadoso en su persona y se baña regularmente después de los tratamientos. Aprovechamos la oportunidad de convencerlo para afeitarse la barba y el cabello, que constituían para ese entonces el problema higiénico de mayor magnitud: gatoso como estaba, se olvidaba de las nociones más elementales de aseo; cuando comía, los desperdicios se esparcían por su enorme barba de “Padre Eterno”, como él mismo solía llamarse, y eso produjo lesiones de dermatitis en la piel de la cara.
Se ha considerado como una gran irreverencia haberle rasurado la barba a Reverón, pero consideren Uds. si no fue una cosa necesaria y perentoria hecha en beneficio de la salud del paciente. Por lo demás, él mismo se prestó de mil amores y no hubo otra complicación a este respecto.
Su vida transcurría plácidamente dentro de la Institución y cuando se le hablaba de regresar a Macuto preguntaba si lo estábamos corriendo; no quería regresar sino cuando estuviera bueno.
A pesar de no haberse librado por completo de sus alucinaciones, Reverón ya esbozaba una crítica sobre su estado y se daba perfectamente cuenta de que esas sensaciones extrañas no eran normales, por lo cual decía: “A eso lo mejor es no hacerle caso”.
Concurría a menudo a las exposiciones verificadas en este museo y en la exposición de Rafael Ramón González estuvo discutiendo los valores pictóricos de sus distintos cuadros. Eso demuestra claramente una conservación completa de los conocimientos adquiridos, aun en medio de la crisis aguda por la cual todavía transitaba.
Es interesante hacer notar que Reverón, cuando se le sugería que pintara algo, decía: “Hoy no tengo ganas, yo solo pinto cuando tengo ganas”, y así era en efecto, de manera que actuando suavemente era la mejor manera de orientarlo.
Con toda la amplitud del caso, Reverón escogía sus modelos dentro del personal y de los pacientes hospitalizados, observando que todo fuera espontáneo de ambas partes. Y pudimos establecer que no solo el pintor mejoraba con este sistema de terapéutica ocupacional basada en su propio arte, sino que muchos de los modelos, estimulados porque se sentían importantes posando para Reverón, también experimentaron una mejoría sensible de sus cuadros psíquicos.
Para el psiquiatra el concepto de lo mágico desempeña un papel particularmente importante; el pensamiento mágico y la actuación mágica constituyen características de un sinnúmero de estados mentales, el simple acto de pensar o de gesticular es la traducción efectiva de conseguir un objetivo o de llevar a la realidad un deseo o impulso determinado. Ello se observa muy claramente en Reverón, quien antes de pintar se rodeaba de todo un ceremonial o ritual predeterminado: usaba una vestimenta especial, parte de la cual han podido ustedes observar en el ambiente reveroniano colocado a la entrada de la presente exposición; ejecutaba una serie de movimientos, calzaba unas sandalias especiales, y después de toda esa serie de preparativos atacaba el lienzo y pintaba apasionadamente. Era casi como el ritual de un sacerdote ante el altar sagrado.
Pero hay algo más en todo ese proceso de usar amarras apretadas alrededor de la cintura, en los brazos y las piernas; con estos artificios sobrevenía una falta de circulación sanguínea, lo que traía inmediatamente como consecuencia un adormecimiento de los diferentes segmentos afectados, y esta forma de anestesiarse, aunque fuera parcialmente, era la mejor manera que tenía de alejarse de su propio yo, de ponerse insensible y de trasladar toda su esencia y presencia a los confines de la propia tela.
Esa manera de pintar girando continuamente en movimientos, acercándose para retirarse luego, tocar el borde de la tabla para seguir dando pinceladas, no constituye otra cosa sino la forma de objetivar su pensamiento presente en su personalidad.
Reverón hablaba de una manera simbólica y cada palabra representaba un concepto, un contenido, un pensamiento; era una manera de hablar neologística, pero en la cual traducía su manera de actuar y de pensar.

La existencia de un cuadro de hipertensión arterial nos hizo ser sumamente cautos en el tratamiento.
Obligatoriamente prescribimos un régimen medicamentoso y una dieta alimenticia adecuados, los cuales dieron resultado apetecible, pues el paciente trabajaba en su pintura sin dar grandes muestras de cansancio; esa mejoría le permitía igualmente salir con frecuencia acompañado de un enfermero y muchas veces conmigo mismo. Otras, no quería salir para ninguna parte esperando la visita de Juanita, quien regularmente lo visitaba.
Reverón fue durante toda su vida un carácter esquizoide y por ello entendemos una personalidad rara, alejada de la realidad, aislado del trato normal con las personas, aunque sus contactos con la realidad permanecieron superficialmente imperturbados.
(…..)
El carácter esquizoide como el de Reverón de vez en cuando hace sus crisis de verdadera enfermedad, de verdadera esquizofrenia como sus crisis del 45 y la última del 52.
Reintegrado nuevamente a la clínica, continuamos el tratamiento psicoterápico preciso que veníamos efectuando.
El componente místico-religioso que tan presente había estado desde su ingreso fue desapareciendo lentamente hasta borrarse por completo, y esta mejoría definitiva de Reverón nos hizo formular planes para llevarlo a Macuto dentro de poco tiempo. Pero el día 18 de septiembre de 1954, a las 3:45 de la tarde, sufrió de un cuadro de hemorragia cerebral de carácter grave que lo dejó sin vida tres horas después. Ya a las 6 y 43 minutos de la tarde Reverón se había apagado, pasando definitivamente a la inmortalidad.
Diez días antes había visitado el Nuevo Circo (el Circo de Toros, como él decía) porque deseaba pintar un cuadro, para lo cual necesitaba el caballete grande, sus muñecas, los cuernos de un toro guardados allá en uno de los caneyes del rancho, y la confección de un traje especial porque en la composición figuraba una Manola a la usanza de Sevilla. Este fue el último cuadro que vislumbraron sus pupilas y que no pudo realizar. Todo lo planeó perfecta y artísticamente, y cuando seis días antes de sufrir la hemorragia cerebral que le causara la muerte almorzó en mi casa, el tema durante todo el ágape fue la corrida que iba a pintar en el Nuevo Circo.
Había olvidado por completo el contenido místico-religioso del lenguaje presente cuando ingresara a la clínica, cuando era el “Padre Eterno”, Juanita una virgen y oía las voces de los santos apóstoles ordenándole lo que debía hacer. Todo hacía prever que planeáramos su regreso a Macuto para el mes de octubre, pero no pudo ser así y ahora nos queda el vacío de la inconformidad por la pérdida de nuestro admirado amigo.



La Conferencia en su totalidad está disponible en la compilación de Calzadilla “Los Laberintos de la Luz. Armando Reverón y los psiquiatras”



                                                          Hasta la próxima amigos!!!

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